Hace un par de días, estaba viendo una película bélica. Antes de iniciar la guerra, el rey arenga a sus soldados agachándose y tomando del suelo un puñado de tierra. Entonces dice:
Esto no es tierra. Es el polvo de vuestros antepasados. Vamos a la guerra por la tierra que os creó y la que seguirá creando a vuestras familias.
Me quedo pensando en la mecánica que rige a este ejemplo aparentemente inocuo pero cargado de trascedencia que puede permitirnos que la terapia sea más eficiente. Aun así, este no es un curso para aprender a adornar el discurso terapéutico con historias ingeniosas. Aquí hablaremos de metáforas como instrumentos clínicos, capaces de reorganizar la experiencia y mover la conducta sin necesidad de convencer, explicar o demostrar nada.
Las metáforas no describen la realidad: son capaces de reconfigurarla. Cambian la función de lo que se siente, se recuerda o se teme. Por eso son tan eficaces en la política, la religión o la guerra… y por eso exigen especial cuidado y base conceptual en terapia.
En clínica no usamos metáforas para cerrar el mundo del consultante en una narrativa heroica o culpabilizante, sino para abrir repertorios, flexibilizar la relación con la experiencia y permitir nuevas formas de estar en el mundo. La pregunta clave no será qué significa una metáfora, sino qué hace.
Si al final del curso usamos menos metáforas pero mejor elegidas, y dudamos un poco más antes de soltar una imagen brillante y pomposa, habremos iniciado un trabajo compartido conjunto muy lindo.